José María Diego-Capellán de la Hermandad-.

Recibid de nuevo un saludo. El Cabildo Menor vuelve a la carga y espera de mí este escrito para el boletín de la Hermandad. Estreno cargo y, para mí, nuevos cauces de comunicación.
Como capellán de esta Hermandad Penitencial tendré que ir aprendiendo los tiempos, las funciones, todo lo que rodea la vida de esta cofradía. Tened paciencia conmigo. Nos iremos conociendo poco a poco.
Las próximas ­fiestas de la Pascua centran toda la vida creyente de los cristianos. Como cofrades, los desfi­les procesionales, ansiados, la posibilidad de realizar un ritual que tiene muchas interpretaciones y suscitan muchos comentarios a favor y en contra. Como cura, tengo que reconocer que mis esfuerzos se dirigen mayormente a la vivencia de la fe en los o­cios divinos que las parroquias y tantos grupos cristianos celebrarán. En estos días de pasión nuestra ciudad se transforma. Tiene una agitación, una vitalidad que no vemos el resto del año.
No soy de Zamora ciudad. Cuando vine a vivir aquí por motivos pastorales tuve la oportunidad de conocer la gran Semana Santa de Zamora de mano de un buen amigo. Un cura enamorado de su tierra, de su ciudad y de todo lo que ella acontece. Con una vitalidad arrolladora, era capaz de ver cada procesión en varios puntos de su recorrido. Disfrutando tanto estéticamente como devocionalmente. Con más ahínco se preocupaba de renovar y profundizar su fe en los misterios pascuales celebrados en los o­cios divinos. Y transmitía su entusiasmo a cuantos teníamos la suerte de compartir la fe cristiana y todas sus manifestaciones. Este ímpetu no le impedía ver y analizar certeramente todo lo bueno y menos bueno que rodea este mundillo de las cofradías; sus enfrentamientos, sus rivalidades y todo lo que puede aportar cualquier ser humano en las actividades que realiza, sean de la índole que sean. Y esto le hacía sufrir. Siempre estaba dispuesto a pacifi­car, a mediar en con‑ictos, a acercar posturas, a presentar una lectura evangélica de las distintas situaciones. Es lo que aporta el amor.
Con el paso del tiempo, casi sin enterarme, entre mis tareas pastorales me encuentro de capellán, acompañando a las Damas de la Esperanza. Ha sido un privilegio poder procesionar detrás de la imagen de Ntrª. Sra. de la Esperanza, vigilado por la comitiva presidencial que venía detrás. He podido rezar y he visto rezar a muchos cristianos durante el recorrido. He contemplado la emoción y el disfrute en tantos rostros. Me alegró ver cómo, esta “sección”, han sabido conducir la situación hasta ser la cofradía “Virgen de la Esperanza”, trabajando callada y e­ficazmente.
Varios años he podido asistir al paso de vuestra cofradía. Espero que el poder procesionar con vosotros sea un momento de fe. Pero según voy escribiendo estas líneas se va suscitando en mí un malestar. Es una sensación que muchas veces me ocurre con respecto a la gran semana zamorana y en otros ámbitos de la vida de la Iglesia. Es una cierta frustración ante la cantidad de energías que podemos perder en cosas que no son verdaderamente importantes. Que nos perdemos en recorridos, pasos, faroles, varas… y hablamos poco, muy poco, de lo nuclear, lo importante, de nuestro Señor. Él, siempre en su papel. Lo podemos contemplar. Pero hemos de reaccionar. Ya lo ha dicho todo. Y de una forma irrevocable. Ya nos ha mostrado al Padre. Y los que quieran acompañarlo de cerca, como discípulo de verdad les mostrará los secretos de Reino. Un Reino que no es de este mundo. Y la Semana Santa de Zamora corre el peligro de quedarse en lo accesorio, en lo mundano. Podemos participar en las mismas peleas que sus primeros discípulos; podemos agotarnos por ver quién es el primero, qué procesión luce más, cuál es más auténtica…
Hermano cofrade, si realmente acompañas a Cristo, y este cruci­ficado, con tu vida, por donde él va, año tras año irás ocupando el último lugar, el lugar de servir a los demás. Y si no lo hallas a Él que se puso en el último lugar, no lo dudes, estás equivocando tus recorridos vitales, aún cuando no te salgas de las ­filas de la Hermandad Penitencial del Cristo del Espíritu Santo. Serás comparsa en un recorrido que se repetirá no sabemos cuántos años. No participarás de la pasión, la que Cristo nos ha mostrado, su pasión por todo humano. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo para que nadie se pierda”.
Espero que nos podamos saludar en la Asamblea general de la cofradía o el día de la procesión. De todas formas la talla titular de tu Hermandad ya sabes dónde encontrarla, en la parroquia del Espíritu Santo. Ella no necesita de nuestra presencia o compañía; nosotros si necesitamos de la suya.
Recibe un cordial saludo.
José María Diego
Capellán de la Hermandad Penitencial del Stmo. Cristo del Espíritu Santo

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